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sábado, 25 mayo 2024

Relatos cortos: La caja

Ocio y culturaRelatos cortos: La caja

La caja

José Miguel García ajustó el cinturón de su traje espacial mientras observaba la curvatura de la Tierra a través de la pequeña ventana del módulo Zvezda. La Estación Espacial Internacional, su hogar temporal, se acercaba al final de su misión y con ella su carrera en el espacio también parecía dirigirse hacia un cierre silencioso. Astronauta de la Agencia Espacial Europea, José Miguel había dedicado años a la ciencia en órbita pero su última asignación era menos sobre descubrimientos y más sobre desmantelamiento.

La rutina diaria de José Miguel era metódica y precisa, marcada por la monotonía del deber. Cada día, se dirigía a un segmento diferente de la estación, herramientas en mano, con la misión de desmontar lo que una vez fue un coloso de la investigación y la cooperación internacional. Bloque por bloque, desconectaba componentes, etiquetaba módulos para su  destrucción controlada por la entrada en la atmósfera.

La Estación, una vez bulliciosa con las voces de astronautas de múltiples naciones, ahora retumbaba con el eco de sus pasos y el zumbido sordo de los sistemas manteniendo la vida a bordo. Las conversaciones en la sala común habían disminuido, reemplazadas por breves intercambios funcionales y el ruido de fondo de instrucciones técnicas transmitidas desde la Tierra.

Mientras trabajaba en el desmontaje del armazón de un panel solar, José Miguel no podía evitar sentir un toque de nostalgia. Recordaba sus primeros días en la estación, la emoción de los experimentos, la camaradería en las comidas compartidas, las carreras para observar auroras desde el mejor ángulo posible. Ahora, cada tarea completada lo acercaba más al fin de esta era.

El proceso estaba meticulosamente programado para culminar con los últimos días del año. Se había planificado que la estación se desmontara en 24 bloques principales y cada pieza que José Miguel retiraba era un paso más hacia el gran final. La dirección de la misión en Tierra había asegurado que la última reentrada de los restos de la estación coincidiría con el fin de año en cada uno de los meridianos terrestres, un espectáculo pirotécnico de despedida desde el cielo que sólo una agencia espacial se puede permitir.

Entre cables y paneles, José Miguel se permitía el lujo de perderse en sus pensamientos. Reflexionaba sobre lo que había significado la estación para la humanidad y lo que su desmantelamiento simbolizaba sobre los tiempos cambiantes y las prioridades de las agencias espaciales. A pesar de los desafíos y la política a menudo complicada, la Estación Espacial Internacional había sido un testamento de cooperación, un punto brillante de humanidad en el vasto cosmos.

Finalizando su jornada, guardó sus herramientas y se dirigió a la escotilla que daba al módulo de observación. Allí, pasó varios minutos mirando la Tierra, un ritual que había adoptado cada día desde su llegada. Era un momento de paz en la rutina, un recuerdo de por qué había escogido esta carrera entre las estrellas. A pesar de la melancolía del final, José Miguel se sentía afortunado de haber sido parte de algo tan grandioso, sabiendo que, aunque la estación se desvanecería, las estrellas seguirían brillando, invitándolo a soñar con nuevos horizontes.

José Miguel García, junto a sus colegas rusos y americanos, trabajaba incansablemente en el desmontaje con constantes salidas extravehiculares. Aunque el trabajo era principalmente técnico, una tensión palpable se tejía entre los módulos y los pasillos estrechos de la estación. No eran las herramientas ni los procedimientos lo que complicaba la misión, sino un conflicto latente entre los astronautas rusos y americanos.

El objeto de la disputa parecían ser algunos componentes específicos de la estación, cuya importancia José Miguel y los otros no astronautas no alcanzaban a comprender completamente. Algunos rumores indicaban que esos componentes eran reliquias de los antiguos programas espaciales de ambos países, tal vez con valor científico o histórico incalculable, o quizás con algún propósito más oscuro y clandestino. ¿Un arma secreta? ¿Una prueba de contacto con una civilización extraterrestre? El caso era que ni los rusos ni los americanos parecían dispuestos a ceder en su reclamación: aquello era algo gordo.

A medida que el tiempo pasaba y la fecha límite se acercaba, las discusiones evolucionaron a enfrentamientos más agudos. Los corredores que una vez fueron testigos de lo mejor de  la cooperación internacional, ahora sólo escuchaban acusaciones y amenazas. José Miguel, como único astronauta europeo en esta misión, intentaba mantenerse al margen. Su prioridad era asegurar que el desmontaje se llevara a cabo según lo previsto para evitar cualquier riesgo de accidente o de trayectorias imprevistas durante la reentrada.

Sin embargo, el ambiente se volvía cada vez más tenso. Los roces alcanzaron su punto álgido cuando, en una discusión sobre la asignación de un componente del módulo de servicio, dos astronautas—uno ruso y otro americano—llegaron a las manos. Solo la rápida intervención de sus compañeros impidió que aquello tuviera consecuencias severas, algo sumamente peligroso en el entorno de microgravedad tan lejos de la Tierra.

José Miguel observaba cómo las antiguas alianzas se desmoronaban bajo el peso del nacionalismo y el secreto. Reflexionaba sobre cómo, incluso en el umbral de la exploración espacial, las viejas heridas de la Tierra durante la Guerra Fría seguían supurando, poniendo en peligro no solo la misión, sino también la frágil armonía que habían logrado construir a tantos kilómetros de su hogar común.

A medida que los días avanzaban y el final se acercaba, la incertidumbre sobre el éxito de la misión crecía. Los componentes en disputa seguían siendo un tema sin resolver y las miradas se llenaban de recelo. A pesar de los esfuerzos por mantener la profesionalidad y concentrarse en las tareas pendientes, todos sabían que los últimos días en la estación estarían cargados de un suspense que iba más allá de lo técnico. Por supuesto, los mensajes que llegaban desde la Tierra para cada uno de los bandos no ayudaban en absoluto.

El ambiente en la Estación Espacial Internacional se había vuelto denso y pesado, como el aire antes de una tormenta. Los preparativos finales para el desmantelamiento avanzaban a un ritmo frenético, pero el foco de todos los astronautas ya no estaba en las tareas pendientes, sino en la inquietante desaparición de Samuel Forrester, el americano, y Boris Zajarov, el ruso.

El 16 de diciembre había amanecido con una calma tensa. José Luis, manteniéndose al margen de las disputas, se dedicaba a supervisar la desconexión del último bloque de la estación. El trabajo tenía que continuar, a pesar de los misterios sin resolver. Todos esperaban que el retorno a la Tierra les permitiera dejar atrás los conflictos y las tensiones acumuladas. Los dos astronautas hicieron una salida con sus herramientas para hacer la desconexión pero cuando se completó el procedimiento, la señal de ambos se desconectó súbitamente del sistema de soporte vital y se perdió la conexión de voz con ambos. Algo gordo había pasado y ahora no se sabía ni qué había pasado ni dónde estaban.

Sin embargo, la ausencia de Samuel y Boris era imposible de ignorar, un silencio plomizo, que ahora pesaba sobre los tres tripulantes restantes. La búsqueda en los rincones aún accesibles de la estación duró unos segundos y no dieron obviamente ningún resultado. La única explicación plausible era que, en el calor del enfrentamiento, ambos podrían haberse expulsado accidentalmente al vacío espacial. Esta idea era un frío consuelo; no había escapatoria ni supervivencia en el vacío.

Con la misión llegando a su fin, José Luis y los otros dos astronautas del equipo se enfocaron en la operación final. Se activaron las secuencias de desconexión y la cápsula de reentrada se preparó para partir. El último bloque, que aún contenía la misteriosa caja por la que Samuel y Boris habían luchado, también estaba programado para desintegrarse sobre el cielo europeo y terminar cayendo como un leve polvo en el Atlántico. La secuencia de salida se ejecutó milimétricamente y ellos iniciaron su regreso a la Tierra mientras los fragmentos de la Estación, perfectamente ordenados esperaban su momento para la reentrada.

Dos semanas después, tal y como se había programado, en la nochevieja, justo cuando iban a sonar las campanadas para tomarse las uvas, José Luis decidió saltarse por una vez en su vida ese ritual tan español e invitó a toda su familia a salir al jardín de su casa para ver cómo el fragmento de Estación Espacial que se iba a desintegrar sobre Europa iba a marcar la entrada del año nuevo. Vio que en casi todas las casas este año habían hecho lo mismo y prometía ser una entrada de año que pocos iban a olvidar en su vida.

Desde su punto de vista experto, vio cómo el módulo se desintegraba pero, para su sorpresa, su ojo de astronauta vio como dos puntos más se separaban y quedaban reducidos a polvo espacial. Rápidamente comprendió que eran los cuerpos sin vida de Samuel y Boris, los que hasta hace poco habían sido sus compañeros en la estación y una congoja absoluta se apoderó de su corazón. Sin embargo no tuvo tiempo  para dejarse arrastrar porque por las emociones porque un cuarto objeto entro en ignición y de los millones de espectadores que presenciaron el evento solo él y unos pocos más sabían que únicamente se podía tratar de la enigmática caja por la que los dos astronautas habían luchado hasta el final de sus vidas. Muy valiosa de vida de ser aquella caja para una entrega tan absoluta.

De pronto la estela que había iniciado la caja al entrar en la atmósfera desapareció, se produjo un fogonazo anaranjado de un par de segundos y la luz giró 90º y se impulsó a una velocidad inconcebible hacia el espacio exterior.

¿Qué demonios era aquello?

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