Sube el tabaco: barato me parece

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Me parece estupendo que suban los impuestos al tabaco, pero al mismo tiempo considero que habría que eliminar gran parte de las restricciones que rodean su consumo, desde la publicidad hasta esas advertencias visuales exageradas en las cajetillas que tratan al consumidor como si fuera incapaz de decidir por sí mismo, cuando en realidad hablamos de adultos que saben perfectamente lo que hacen. El tabaco no solo es un producto de consumo, sino también una máquina de recaudación fiscal gigantesca, un motor económico que mueve miles de millones y que además tiene un efecto indirecto evidente sobre el sistema de pensiones al reducir el número de perceptores tras décadas de contribución impositiva intensa, lo que en términos estrictamente económicos es un win-win descarao.

Un negocio fiscal al que no se quiere reconocer ningún mérito

Si uno se molesta en mirar los datos en lugar de quedarse en el discurso habitual, descubre que el tabaco es una de las fuentes de ingresos más potentes del Estado moderno, hasta el punto de que sólo en España la actividad de una multinacional como Philip Morris generó más de 3.300 millones de euros en impacto económico en 2023, de los cuales aproximadamente 2.600 millones son directamente impuestos. Esto no es una cifra menor ni anecdótica, sino una pieza estructural del sistema fiscal que financia servicios públicos sin necesidad de crear nuevos impuestos sobre otras actividades productivas.

Para que te hagas una idea, la recaudación derivada del consumo de tabaco en el año 2025 se tradujo en unos ingresos para las arcas públicas de alrededor de 7.500 millones de euros entre el impuesto especial sobre las labores del tabaco y el IVA que se carga a cada caja de cigarrillos o a cada cigarro puro consumido. Por comparar, la recudación de los impuestos al alcohol fue de unos doscientos millones de euros; no hay color.

Además, el sector no se limita a vender cigarrillos, sino que arrastra a toda una cadena de valor que incluye logística, distribución, estancos y proveedores, generando empleo directo e indirecto y un efecto multiplicador significativo, ya que por cada euro generado se crean dos adicionales en la economía . Aquí entra en juego también el papel de operadores como Logista, cuyo modelo de negocio demuestra que el tabaco sigue siendo un activo estable con barreras de entrada enormes, capaz de sostener estructuras empresariales sólidas incluso en contextos inflacionistas o de incertidumbre geopolítica .

Desde este punto de vista, penalizar el consumo con impuestos elevados es perfectamente lógico, pero intentar demonizar el producto mientras se depende fiscalmente de él resulta una contradicción difícil de justificar desde una óptica económica coherente.

Subidas de precios en un contexto inflacionista generalizado

La reciente subida del precio del tabaco en España no es un fenómeno aislado, sino que se inserta dentro de un contexto inflacionista mucho más amplio, generado por la emisión desbocada de moneda para cubrir gasto público que los estados no pueden cubrir con ingresos regulares (aunque e le eche la culpa a factores externos como la guerra en Oriente Medio y el encarecimiento de la energía) que han elevado la inflación en la eurozona hasta el 2,6% y han provocado incrementos generalizados en bienes y servicios.

En el caso concreto del tabaco, los datos muestran que su precio ha aumentado junto a otras categorías como transporte o energía, con subidas en bebidas alcohólicas y tabaco del 1,6% en un solo mes en provincias como Granada (sí, también aquí está todo carísimo), lo que refleja que este producto no escapa a las dinámicas globales de precios, aunque en su caso la presión fiscal juega un papel determinante.

El propio BOE ha confirmado recientemente cambios en los precios que afectan a decenas de marcas, con cajetillas que oscilan entre los 4,70 y los 9,60 euros en muchos casos, lo que evidencia una tendencia sostenida al alza que no parece que vaya a detenerse a corto plazo. De hecho, a nivel europeo, la presión fiscal está empujando los precios a niveles que ya se consideran casi de lujo en algunos países, con cifras que alcanzan los 23 euros por el mismo paquete de cigarrillos en Reino Unido o 19 euros en Irlanda.

Este encarecimiento progresivo no solo responde a políticas de salud pública, sino también a una estrategia recaudatoria evidente, donde el Estado incrementa ingresos aprovechando una demanda relativamente inelástica, es decir, consumidores que siguen comprando pese a las subidas, el vicio, se llama eso.

El equilibrio incómodo entre regulación y libertad

Aquí es donde, en mi opinión, se produce el mayor desajuste del sistema: se suben impuestos con lógica económica pero se restringe el mercado con lógica paternalista, lo que genera un entorno incoherente en el que el Estado quiere recaudar cada vez más mientras limita cada vez más la actividad que genera esos ingresos.

La prohibición de la publicidad, las restricciones al consumo en espacios cada vez más amplios y las advertencias gráficas obligatorias que ocupan gran parte del paquete no parecen diseñadas para informar, sino para disuadir de forma agresiva, lo que plantea un debate legítimo sobre hasta qué punto se está respetando la libertad individual en un mercado legal.

Más aún cuando los propios datos europeos muestran que el consumo no desaparece, sino que se desplaza hacia otras formas, incluyendo el mercado ilícito, que ya representa más de 38.000 millones de cigarrillos consumidos en la UE y genera pérdidas fiscales cercanas a los 14.900 millones de euros. Es decir, cuanto más se aprieta por el lado regulatorio sin ajustar el fiscal, más incentivos se generan para el contrabando y la economía sumergida.

Por otro lado, la evidencia también indica que el consumo de tabaco está relacionado con el precio, siendo mayor en los países donde es más barato, lo que refuerza la idea de que la herramienta verdaderamente eficaz para modular el consumo es el precio y no tanto la sobrecarga regulatoria.

La vida sigue igual 😀

Si tuviera que elegir una posición coherente con los datos, me quedaría con el enfoque más sencillo: impuestos altos sí, pero mercado libre dentro de la legalidad, sin tratar al consumidor como un menor de edad ni cargar el producto con un simbolismo moral que no se aplica a otros sectores igualmente discutibles.

El tabaco ya paga más que suficiente por existir, sostiene una parte relevante del sistema fiscal, genera actividad económica y empleo y además contribuye indirectamente a aliviar tensiones futuras en el sistema de pensiones, algo que rara vez se menciona pero que forma parte de la realidad económica.

En ese contexto, seguir subiendo impuestos puede ser una decisión razonable porque lleva la carga fiscal a quien voluntariamente acepta cargar con ella, incluso necesaria desde el punto de vista presupuestario, pero hacerlo mientras se asfixia el mercado con restricciones cada vez más estrictas parece más una cuestión ideológica que económica y ahí es donde el debate debería volverse bastante más honesto y dejar de cogérsela con papel de fumar.

¡Anda y que fumen tó lo que les dé la gana… y lo paguen!

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