La inteligencia artificial está transformando la industria informática a una velocidad extraordinaria, pero no todos sus protagonistas están disfrutando de la fiesta de la misma manera. Los resultados que AMD presentó el 3 de noviembre de 2026, con unos ingresos de 13.377 millones de dólares y un crecimiento del 97 % en su negocio de centros de datos, contrastan con los apenas 773 millones de dólares obtenidos en el segmento de videojuegos, que sufrió una caída del 40 %. Son cifras que retratan perfectamente hacia dónde se está desplazando el dinero en la industria de los semiconductores y que también plantean una pregunta bastante incómoda: ¿están los fabricantes abandonando a sus clientes tradicionales para perseguir una fiebre de la inteligencia artificial cuyo desenlace todavía desconocemos?
Para comprender lo que está ocurriendo conviene explicar qué vende exactamente AMD a los centros de datos, porque no estamos hablando de los procesadores que cualquiera puede comprar para montar su ordenador doméstico. Su catálogo incluye los procesadores EPYC, diseñados para servidores capaces de ejecutar miles de operaciones simultáneas y los aceleradores AMD Instinct, especialmente los de la familia MI300 y sus sucesores, que incorporan enormes cantidades de memoria de alto ancho de banda y están preparados para entrenar y ejecutar modelos de inteligencia artificial. A estos productos se añaden las soluciones de interconexión, las tecnologías de redes y el software ROCm, que permite aprovechar sus aceleradores en aplicaciones de computación avanzada. Los compradores son grandes operadores de centros de datos, proveedores de servicios en la nube y empresas tecnológicas que necesitan una capacidad de cálculo gigantesca. En otras palabras, AMD está pasando de vender millones de componentes relativamente asequibles a competir por contratos multimillonarios con un número mucho más reducido de clientes.
El negocio de los videojuegos merece una explicación porque las cifras de AMD no corresponden exclusivamente a las tarjetas gráficas Radeon que compramos para nuestros ordenadores. Tradicionalmente, este segmento también ha incluido los chips semipersonalizados que AMD suministra para consolas como PlayStation y Xbox, de manera que una caída de sus ingresos puede deberse tanto a una menor demanda de consolas como a la evolución de las ventas de tarjetas gráficas. Además, AMD contabiliza las Radeon para ordenadores dentro de su negocio de clientes y videojuegos según la organización de sus informes. Entre sus tarjetas gráficas de consumo destacan las Radeon RX 9060 XT, RX 9070 y RX 9070 XT, junto con modelos anteriores de las familias RX 7000 y RX 6000 que todavía pueden encontrarse en determinados establecimientos. Las RX 9070 compiten principalmente con las GeForce RTX 5070 y RTX 5070 Ti de Nvidia, mientras que la RX 9060 XT busca compradores en el segmento de las RTX 5060 y RTX 5060 Ti. Microsoft, por su parte, no comercializa una gama equivalente de tarjetas gráficas independientes, aunque utiliza tecnología gráfica de AMD en sus consolas Xbox.
La comparación deja al descubierto algunas de las debilidades comerciales de AMD. Sus Radeon ofrecen frecuentemente una cantidad de memoria generosa y una relación entre el precio y el rendimiento bastante atractiva, pero Nvidia mantiene ventajas en tecnologías como DLSS, el raytracing y el ecosistema CUDA, además de disfrutar de una imagen de marca mucho más poderosa. AMD tampoco ha conseguido disputar seriamente el segmento más exclusivo del mercado, donde Nvidia puede vender tarjetas extraordinariamente caras sin encontrar demasiada competencia. No obstante, sería injusto interpretar la caída del 40 % como una derrota exclusiva de Radeon, puesto que los resultados también reflejan el retroceso de los chips destinados a consolas. La gama actual de AMD es más amplia de lo que parece e incluye también las RX 9070 GRE, RX 9060 y RX 9050, con distintas configuraciones de memoria y disponibilidad comercial según el mercado.
¿Está AMD abandonando demasiado pronto a sus compradores?
Personalmente, creo que AMD cometería un error considerable si terminase convirtiéndose en otra empresa obsesionada exclusivamente con vender componentes a los gigantes de la inteligencia artificial. Es perfectamente comprensible que quiera aprovechar un mercado donde los ingresos crecen un 97 % anual, pero resulta bastante menos comprensible que no dedique mayores esfuerzos a conquistar un mercado de tarjetas gráficas en el que lleva décadas compitiendo y donde ha demostrado repetidamente que sabe fabricar productos excelentes a precios razonables.
AMD consiguió precisamente buena parte de su prestigio gracias a sus procesadores Ryzen, que obligaron a Intel a reaccionar después de años de relativa comodidad comercial. ¿Por qué no intentar repetir esa historia con las tarjetas gráficas? Una Radeon que ofreciese un rendimiento equivalente al de una GeForce por un precio sensiblemente inferior podría conquistar a millones de usuarios que no necesitan disponer de la última tecnología de Nvidia para jugar satisfactoriamente.
Naturalmente, el problema no se resuelve simplemente bajando los precios, porque AMD también necesita invertir en los controladores, en las herramientas de desarrollo y en las tecnologías gráficas que los consumidores consideran importantes. Pero disponer de millones de compradores particulares proporciona algo que los grandes contratos empresariales no garantizan: una base de clientes diversificada, una presencia permanente en el mercado y una independencia considerable respecto de las decisiones de inversión de unas pocas multinacionales.
Y aquí aparece el verdadero peligro de la fiebre de la inteligencia artificial. Si Microsoft, Meta, Google y las demás compañías tecnológicas descubren dentro de unos años que sus inversiones multimillonarias en centros de datos no generan los beneficios esperados, podrían reducir drásticamente sus compras de aceleradores. AMD no desaparecería por ello, pero una empresa excesivamente dependiente de semejantes contratos tendría que afrontar una situación bastante desagradable.
No se trata de renunciar a la inteligencia artificial, sino de evitar que una oportunidad extraordinaria termine convirtiéndose en una dependencia peligrosa. Los fabricantes de hardware deberían recordar que los consumidores particulares también existen y que llevan décadas sosteniendo una industria que ahora parece mirarles por encima del hombro.
Intel descubre que la inteligencia artificial también puede perjudicarla
Mientras AMD celebra el crecimiento espectacular de sus ventas para centros de datos, Intel está descubriendo otra cara bastante menos agradable de la misma revolución tecnológica. La compañía anunció unas previsiones de ingresos para el cuarto trimestre de 2026 comprendidas entre 15.000 y 16.000 millones de dólares, por debajo de los aproximadamente 17.000 millones que esperaba el mercado y anticipó una reducción de su margen bruto hasta el 37,1 % según los criterios contables oficiales.
Su consejero delegado, Lip-Bu Tan, explicó que el sector de los ordenadores personales estaba sufriendo dificultades relacionadas con los precios y la disponibilidad de los componentes, especialmente de la memoria, aunque Intel también señaló problemas de capacidad para satisfacer la demanda de sus procesadores Xeon. La paradoja es evidente: mientras una parte de la industria tecnológica celebra el crecimiento de la inteligencia artificial, otra empieza a sufrir las consecuencias de que prácticamente todos quieran construir centros de datos al mismo tiempo.
Los servidores dedicados a la inteligencia artificial necesitan cantidades gigantescas de memoria, especialmente de los modelos de alto ancho de banda conocidos como HBM, cuya fabricación utiliza recursos industriales que también podrían destinarse a otros productos. Las grandes empresas tecnológicas comprendieron rápidamente que garantizarse el suministro era tan importante como disponer de procesadores potentes y comenzaron a negociar contratos de dimensiones extraordinarias.
En octubre de 2025, Samsung y SK Hynix alcanzaron acuerdos preliminares para participar en Stargate, el gigantesco proyecto de infraestructura de inteligencia artificial impulsado por OpenAI y que a día de hoy está en sus fases iniciales (primeros edificios, licencias de obras, movimientos de tierra, conexiones eléctricas, etc). Las necesidades previstas llegaron a situarse en 900.000 obleas de memoria DRAM mensuales ¡el 40% de las que se producen a día de hoy en todo el mundo! una cantidad que ilustra hasta qué punto unos pocos compradores pueden alterar el equilibrio de toda una industria. Conviene precisar que esa cifra representaba una necesidad proyectada y no un volumen de entregas ya realizado.
El problema es que las fábricas de semiconductores no pueden multiplicar su producción de un día para otro, puesto que ampliar sus instalaciones exige inversiones gigantescas, maquinaria especializada y plazos de construcción que frecuentemente se cuentan por años. Si los fabricantes reservan una parte creciente de su capacidad para atender contratos de inteligencia artificial, los productores de ordenadores personales, teléfonos móviles y dispositivos electrónicos deben competir por el suministro restante.
Las consecuencias empiezan a ser perfectamente visibles. Gartner calculó que el encarecimiento conjunto de la memoria DRAM y las unidades SSD podría alcanzar el 130 % al finalizar 2026, provocando un incremento del 17 % en el precio de los ordenadores y del 13 % en los teléfonos móviles. Por su parte, Counterpoint Research registró una caída del 21 % en los envíos mundiales de ordenadores durante el tercer trimestre de 2026, hasta aproximadamente 57 millones de unidades.
Estamos hablando de un fenómeno especialmente preocupante porque el ordenador personal lleva décadas beneficiándose de una tendencia bastante clara: cada generación proporciona más potencia por un precio relativamente asequible. Ahora, por primera vez en mucho tiempo, el consumidor puede encontrarse con que renovar su equipo resulta considerablemente más caro sin que necesariamente reciba una mejora proporcional.
Los fabricantes de memoria se están haciendo de oro
Mientras Intel y otros fabricantes de componentes tradicionales tienen que justificar sus previsiones, las empresas especializadas en memoria están obteniendo resultados extraordinarios. SK Hynix comunicó un crecimiento interanual del 632 % en su beneficio operativo del tercer trimestre de 2026, hasta alcanzar 83,33 billones de wones surcoreanos, aproximadamente 60.000 millones de dólares según el tipo de cambio utilizado.
Es una cifra descomunal que permite comprender por qué los fabricantes están dedicando tantos recursos a satisfacer las necesidades de los grandes centros de datos. En el caso de Samsung, también se ha producido una extraordinaria expansión de la rentabilidad de su negocio de semiconductores, impulsada por la demanda de memoria avanzada, aunque conviene distinguir entre los beneficios de sus diferentes divisiones y los resultados consolidados de la compañía.
En realidad, estamos asistiendo a una gigantesca transferencia de dinero dentro de la industria tecnológica. Los fabricantes de ordenadores y teléfonos tienen que pagar cada vez más por determinados componentes, los consumidores soportan una parte de ese encarecimiento y los proveedores de memoria disfrutan de un poder comercial que difícilmente habrían imaginado hace unos años.
Intel ha sido una de las grandes compañías que ha puesto claramente de manifiesto esta situación al presentar sus previsiones financieras, pero sería ingenuo pensar que sus dificultades constituyen un problema exclusivamente suyo. Si los componentes básicos siguen encareciéndose, terminarán perjudicando a prácticamente todos los fabricantes de dispositivos electrónicos, incluidos aquellos que actualmente están obteniendo importantes beneficios gracias a la inteligencia artificial.
La burbuja que podría llevarse por delante a toda la industria
La gran incógnita es si estamos asistiendo a una transformación económica comparable a la llegada de Internet o a una burbuja de inversiones que terminará estallando cuando las empresas descubran que sus nuevos centros de datos no producen suficientes ingresos para justificar su construcción.
Ambas posibilidades tienen fundamentos razonables, porque la inteligencia artificial ya está demostrando su utilidad en numerosas actividades profesionales, pero eso no significa que cualquier inversión destinada a desarrollarla vaya a resultar rentable. Una tecnología puede cambiar el mundo y provocar simultáneamente la ruina de buena parte de las empresas que apostaron por ella, como ocurrió durante la burbuja de las puntocom.
Lo preocupante es que esta vez las consecuencias podrían extenderse mucho más allá de los inversores que compran acciones tecnológicas. Si las empresas están reorganizando su producción industrial, comprometiendo enormes cantidades de capital y encareciendo los componentes que necesita el resto de la economía, una interrupción brusca de las inversiones podría desencadenar problemas en toda la cadena de suministro.
AMD representa actualmente la cara más brillante de esta revolución, mientras Intel nos recuerda que también existen perjudicados. Sin embargo, ninguna de las dos está completamente protegida frente a un cambio de tendencia y ambas dependen, en mayor o menor medida, de que el mercado continúe comprando los productos que fabrican.
Esperemos que la inteligencia artificial termine justificando semejante despliegue de recursos y que no estemos contemplando una de las mayores burbujas especulativas de la historia tecnológica. Porque, si finalmente explota después de haber arrastrado consigo a los fabricantes de procesadores, a los productores de memoria, a las empresas de ordenadores y a buena parte de los mercados financieros, mucho me temo que no serán solamente los accionistas de Silicon Valley quienes paguen la factura.
En román paladino, como esto reviente, nos vamos a ir todos a tomar viento fresco.








