Si pudieras observar una llanura del cretácico tardío, lo primero que te sorprendería quizá no sería el tamaño de sus dinosaurios. Verías un río que cambia de cauce, troncos caídos, insectos sobre la hojarasca y animales pequeños buscando refugio. Los gigantes formaban parte de ese sistema, pero dependían de procesos tan cotidianos como el crecimiento de las plantas y la descomposición de la materia orgánica. Un ecosistema no se entiende contando únicamente sus habitantes más espectaculares.
El cretácico tardío abarca aproximadamente desde hace 100,5 hasta hace 66 millones de años. Son más de treinta millones de años de transformaciones, demasiados para encerrarlos en una única escena. Durante ese intervalo cambiaron las costas, las plantas y las comunidades animales. Para reconstruirlo necesitas combinar fósiles de organismos con las rocas que los contienen. Así aparece un mundo de ambientes distintos, no una interminable selva tropical poblada por todas las especies famosas.
Un mapa que repartía las oportunidades
Los continentes ocupaban posiciones diferentes de las actuales. El Atlántico se ensanchaba y numerosos mares poco profundos cubrían zonas que hoy están en tierra firme. En Norteamérica, el mar interior occidental separó durante buena parte de este intervalo una región occidental, Laramidia, de otra oriental, Appalachia. El litoral avanzó y retrocedió muchas veces. Por eso un paisaje que comenzó siendo costero podía transformarse después en una llanura continental.
Estas variaciones afectaban a la distribución de los animales. Una conexión terrestre permitía intercambios entre poblaciones; una barrera marina podía interrumpirlos. Sin embargo, dos localidades separadas no demuestran por sí mismas que existieran comunidades aisladas. Antes hay que comprobar si sus fósiles tienen edades comparables. Una diferencia atribuida a la geografía puede deberse a que estás comparando momentos distintos.
Europa tampoco tenía el aspecto de un bloque continuo. Parte de su territorio formaba un conjunto de islas. En cambio, extensas regiones de Sudamérica ofrecían espacios continentales donde los titanosaurios siguieron desempeñando un papel destacado. Hablar de una fauna mundial única borraría precisamente una de las características más interesantes del periodo: su diversidad regional.
Calor global con diferencias locales
El planeta fue, en términos generales, más cálido que el actual. Eso no significa que todas las regiones disfrutaran de temperaturas tropicales durante todo el año. La latitud, la altura, la distancia al mar y la circulación atmosférica seguían creando contrastes. También había estaciones y sequías. Cerca de los polos, la distribución anual de la luz planteaba problemas que ninguna temperatura suave podía eliminar.
Los investigadores reconstruyen estas condiciones mediante indicadores indirectos. La forma de las hojas puede aportar información climática. Determinadas proporciones de isótopos, variantes de un mismo elemento químico, permiten investigar temperaturas o procedencia del agua. Los suelos antiguos conservan señales de humedad y de periodos secos. Cada procedimiento tiene sus márgenes de error y conviene contrastarlo con otros.
Tampoco hubo una temperatura constante durante los treinta y cuatro millones de años del cretácico tardío. Los episodios especialmente cálidos de su parte inicial no describen automáticamente el Maastrichtiense, la última edad del periodo. Un mapa climático sin fecha precisa puede resultar tan engañoso como colocar un animal en el continente equivocado.
Las plantas construían el paisaje
Las angiospermas, las plantas con flores, aumentaron su importancia durante el Cretácico. Pero no sustituyeron de golpe a las coníferas, los helechos y otros grupos. En una misma región podían coexistir árboles de diferentes linajes y comunidades vegetales distintas según la humedad del suelo. Un margen de río no ofrecía los mismos recursos que una superficie mejor drenada.
La vegetación proporcionaba mucho más que alimento. Su altura y densidad determinaban refugios, zonas de sombra y espacios de movimiento. Las raíces estabilizaban sedimentos. Las hojas muertas alimentaban a organismos descomponedores. Cuando un herbívoro consumía brotes o pisoteaba una orilla, modificaba parte de esa estructura, aunque rara vez podamos medir el efecto concreto de una especie extinguida.
Para conocer la flora se estudian hojas, madera, semillas, polen y esporas. Estas últimas partículas pueden viajar lejos antes de depositarse. Una hoja completa suele ofrecer una información espacial diferente de un grano de polen. Por eso no basta con encontrar restos vegetales junto a un dinosaurio para declarar que constituían su comida favorita. Compartir sedimento no equivale necesariamente a compartir hábitat ni a mantener una relación alimentaria.
Varios modos de aprovechar las plantas
Los grandes herbívoros no eran piezas intercambiables. Un ceratópsido con pico y dientes cortantes procesaba el alimento de manera distinta de un hadrosaurio con extensas superficies dentales de desgaste. Un saurópodo, con cabeza relativamente pequeña y cuello largo, recogía vegetación mediante otra combinación de movimientos. Estas diferencias ayudan a formular hipótesis sobre cómo se repartían los recursos.
Ese reparto se denomina partición de nicho. El nicho incluye los recursos utilizados y las condiciones en las que vive un organismo. Dos animales pueden reducir su competencia comiendo plantas distintas, alimentándose a alturas diferentes o frecuentando lugares separados. En fósiles, esas posibilidades se investigan comparando mandíbulas, desgaste dental, tamaños corporales y ambiente sedimentario.
Conviene evitar una escena demasiado ordenada en la que cada especie posee una franja exclusiva del bosque. Los seres vivos suelen compartir parte de sus recursos y cambiar de comportamiento según la estación. Además, un juvenil y un adulto de la misma especie pueden tener necesidades diferentes. La diversidad anatómica permite proponer un reparto, pero demostrar sus detalles exige pruebas adicionales.
La vida que queda fuera del cartel
La formación Hell Creek, en el oeste de Norteamérica, conserva una muestra especialmente conocida de los ecosistemas próximos al final del Cretácico. Allí aparecen dinosaurios como Triceratops junto a peces, tortugas, cocodrilomorfos, pequeños mamíferos y numerosos restos vegetales. Sus rocas registran ambientes fluviales y llanuras que sufrían inundaciones. No representan todos los paisajes del planeta ni siquiera todos los de Norteamérica.
Los animales pequeños importaban tanto como los grandes para el funcionamiento cotidiano del sistema. Los insectos consumían plantas, madera o restos animales. Los microorganismos devolvían nutrientes al medio al descomponer materia orgánica. Los pequeños vertebrados podían alimentarse de invertebrados, semillas u otros animales. En conjunto formaban una red alimentaria, una trama de relaciones más compleja que una cadena con tres eslabones.
También es necesario distinguir grupos. Los pterosaurios eran reptiles voladores emparentados con los dinosaurios, pero no dinosaurios. Los mosasaurios pertenecían a otro linaje de reptiles. Las aves, en cambio, sí eran dinosaurios y ya formaban parte de estos ecosistemas. Separar correctamente a sus habitantes evita que una ilustración llamativa termine sustituyendo la historia evolutiva real.
Un fósil no equivale a un censo
Los ríos transportan huesos. Los carroñeros desarticulan cadáveres. Algunos restos se destruyen antes de quedar enterrados y otros resisten millones de años. La tafonomía estudia esos procesos que intervienen entre la muerte de un organismo y el descubrimiento de sus restos. Su trabajo permite preguntar cuánto se parece una acumulación fósil a la comunidad que vivió allí.
También influye dónde buscamos. Un territorio con rocas expuestas y décadas de excavaciones proporcionará más ejemplares que otro cubierto por vegetación o poco estudiado. Contar especies conocidas sin considerar este desequilibrio puede convertir el esfuerzo de investigación en una falsa medida de riqueza biológica. La abundancia de huesos de una especie tampoco reproduce automáticamente su proporción entre los animales vivos.
Por eso se cruzan datos: qué huesos aparecen, cómo están orientados, si presentan desgaste, qué edad tenían los individuos y qué sedimento los rodea. Una colección de cráneos bien identificados resulta valiosísima, pero su interpretación mejora cuando conserva también la información de campo que explica de dónde procede cada pieza.
El debate sobre los últimos ecosistemas
La expresión «cúspide del reinado» funciona como título editorial, no como una conclusión estadística. No está demostrado que todos los grupos alcanzaran simultáneamente su máxima diversidad justo antes de la extinción. Condamine y colaboradores, en 2021, propusieron un declive previo en varios grandes linajes. Su interpretación depende del registro disponible y del modelo utilizado para estimar aparición y desaparición de especies.
Otros datos destacan la riqueza regional. Flynn y colaboradores, en 2025, situaron la fauna de Naashoibito, en Nuevo México, aproximadamente entre hace 66,4 y 66 millones de años. Encontraron comunidades regionalmente diferenciadas muy cerca del final del Cretácico. Ese resultado amplía la información del sur de Norteamérica y cuestiona extrapolar todo el continente desde sus yacimientos septentrionales.
Una cuenca mejor datada puede modificar una interpretación extensa. Para comparar comunidades hace falta saber si sus animales convivieron realmente o si miles de generaciones separan dos conjuntos de huesos. Las capas de ceniza volcánica datables y los cambios del campo magnético registrados en las rocas ayudan a precisar esa relación temporal. En esa escala, unos cientos de miles de años pueden cambiar el significado ecológico de un yacimiento.
Fuentes y lecturas
- International Commission on Stratigraphy. Tabla cronoestratigráfica internacional (2026).
- Natural History Museum. El periodo Cretácico: cómo era la Tierra antes de la extinción de los dinosaurios (sin fecha indicada; consulta: 15/10/2026).
- National Park Service. Dinos Large and Small, NNLs Got Em All (sin fecha indicada; consulta: 15/10/2026).
- Condamine, F. L. y colaboradores. La biodiversidad de los dinosaurios disminuyó mucho antes del impacto del asteroide (2021).
- Flynn, A. G. y colaboradores. Los dinosaurios supervivientes de Nuevo México revelan diversidad y provincialismo al final del Cretácico (2025).
Índice general del reportaje Dinosaurios
Siguiente: Triceratops: el rey de los ceratopsios.








