Edmontosaurus: un superviviente hasta el final

Ciencia y tecnologíaEdmontosaurus: un superviviente hasta el final

Sin grandes cuernos ni una armadura espectacular, Edmontosaurus suele ocupar un papel secundario en las escenas dominadas por Tyrannosaurus rex. Es una injusticia divulgativa. Este enorme herbívoro reúne algunos de los fósiles más útiles para investigar el aspecto externo de los dinosaurios, su crecimiento y las circunstancias que permiten conservar la piel. Sus restos muestran que un animal conocido por numerosos esqueletos todavía puede cambiar de aspecto cuando aparece información sobre sus tejidos blandos.

El título «un superviviente hasta el final» tiene un significado concreto: una de sus especies, Edmontosaurus annectens, vivió cerca del final del Cretácico, hace unos 66 millones de años. No significa que atravesara la gran extinción y continuara en el Paleógeno. Tampoco todas las especies atribuidas al género ocuparon exactamente el mismo intervalo. Separar esos detalles permite entender su historia sin convertir varios millones de años y numerosos individuos en una única criatura inmóvil en el tiempo.

Un nombre para especies de momentos distintos

Entre las especies reconocidas de este género se encuentran Edmontosaurus regalis y Edmontosaurus annectens. La primera procede de niveles más antiguos del oeste de Canadá. La segunda caracteriza faunas posteriores y está presente en conjuntos próximos al límite entre el Cretácico y el Paleógeno. El género tuvo, por tanto, una historia más amplia que la de su última especie.

La identificación ha cambiado con el tiempo. Algunos ejemplares recibieron otros nombres antes de que se revisaran sus proporciones y su crecimiento. Campione y Evans analizaron en 2011 la variación de los cráneos de edmontosaurios. Su trabajo mostró la importancia de distinguir transformaciones relacionadas con la edad de diferencias que justifican reconocer especies distintas.

Este problema se entiende bien con una comparación cotidiana: una cara juvenil no conserva las mismas proporciones al alcanzar la madurez. En un fósil no podemos observar crecer al individuo. Hay que reconstruir esa transformación a partir de varios ejemplares y comprobar si las diferencias forman una secuencia coherente. Por eso no basta con que dos cráneos tengan longitudes distintas para separarlos taxonómicamente.

Mucho cuerpo detrás de un hocico ancho

Los grandes adultos podían superar los diez metros de longitud. El tamaño concreto y la masa dependen del espécimen y del método de reconstrucción. Ofrecer una cifra con apariencia exacta para todo el género ocultaría la diversidad de edades y el grado desigual de conservación. Incluso un esqueleto bastante completo deja por estimar el volumen de músculos y otras partes blandas.

La cabeza alargada terminaba en un pico ancho. Detrás había baterías dentales que procesaban vegetación, un cuello relativamente corto, un tronco voluminoso y una cola robusta. Las extremidades posteriores eran mayores que las anteriores. Esa combinación permitía desplazamientos sobre cuatro apoyos y también adoptar posiciones bípedas. No era un saurópodo de cuello largo ni una versión sin cuernos de un ceratópsido.

Para interpretar su silueta conviene evitar reconstrucciones excesivamente delgadas. Los huesos estaban rodeados por músculos, piel y tejido conectivo. Tampoco debe añadirse volumen arbitrario para hacerlo más impresionante. La anatomía comparada y los restos excepcionales ayudan a limitar ambas exageraciones: el animal vivo no era un esqueleto cubierto por una película de piel.

Un herbívoro terrestre junto a los ríos

El hocico semejante a un pico de pato favoreció antiguamente imágenes de hadrosaurios dedicados a una vida acuática. Sin embargo, esa semejanza por sí sola no demuestra una ecología equivalente a la de un pato. La construcción de sus extremidades y la información de las huellas encajan con un gran animal terrestre. Que pudiera entrar en el agua no lo convierte en un especialista acuático.

Los ambientes fluviales ofrecían vegetación y agua, pero también ayudaban a conservar cadáveres. Es importante separar ambas cuestiones. Una abundancia de esqueletos en sedimentos de río puede reflejar preferencias ambientales, procesos de transporte o una combinación de factores. La roca que contiene un fósil informa sobre su enterramiento y no necesariamente sobre todos los lugares que frecuentó en vida.

Su dentición estaba preparada para procesar materiales vegetales resistentes. El alimento preciso podía variar entre localidades y estaciones. Los supuestos contenidos digestivos deben estudiarse con cuidado, porque restos vegetales pueden entrar en una cavidad corporal después de la muerte. Para identificar una comida fósil resulta necesario investigar cómo está distribuido el material y qué relación mantiene con el esqueleto.

Qué significa encontrar una «momia»

En paleontología, «momia de dinosaurio» es una denominación informal para restos que conservan extensas señales de piel u otras estructuras blandas. No implica que haya sobrevivido un cadáver intacto con órganos frescos. Pueden conservarse impresiones, moldes minerales y, en determinados casos, componentes químicos que requieren análisis específicos. La apariencia externa no permite decidir por sí sola cuál de esas situaciones tenemos delante.

El ejemplar conocido como Dakota ha sido especialmente informativo. Drumheller y colaboradores publicaron en 2022 un estudio de sus alteraciones. Propusieron que una acción incompleta de carroñeros facilitó la salida de fluidos y gases, mientras partes resistentes pudieron secarse antes del enterramiento. La buena conservación no exigía necesariamente una desaparición instantánea bajo sedimentos.

La propuesta se refiere a una secuencia concreta de procesos. No demuestra que todas las momias de dinosaurio se formaran igual. Un mismo resultado aparente, una superficie que reproduce escamas, puede surgir por vías diferentes. Para distinguirlas se combinan observación de lesiones, tomografía, análisis del sedimento y estudio de la relación entre piel y huesos.

Nuevos contornos y moldes de arcilla

Un trabajo de Sereno y colaboradores, difundido inicialmente en 2025 y publicado en volumen en 2026, estudió dos ejemplares de Edmontosaurus annectens. Describió estructuras blandas a lo largo de la línea dorsal y cubiertas en forma de pezuña en dedos de los pies. Sus análisis interpretaron el tegumento conservado como una fina plantilla de arcilla formada durante la descomposición.

La distinción es fundamental: conservar el contorno de una estructura no significa conservar su material orgánico original. Una huella puede reproducir un pie sin contener el pie. De modo parecido, un molde mineral puede informar sobre una cubierta corporal después de desaparecer el tejido que le dio forma. La precisión anatómica y la conservación molecular son cuestiones relacionadas, pero diferentes.

Estos resultados amplían las posibilidades de reconstrucción sin resolver todos los detalles. La altura de un contorno blando, su variación entre edades y los efectos de la descomposición requieren interpretación. La actualización de este artículo, a 15 de octubre de 2026, distingue esos hallazgos de las reconstrucciones anteriores. Los colores de las imágenes siguen siendo elecciones paleoartísticas, no pigmentaciones demostradas para los animales representados.

Crecer entre animales de varias edades

Las grandes concentraciones de huesos permiten investigar algo más que dimensiones máximas. La estructura microscópica del hueso registra cambios en el crecimiento. Combinada con el tamaño de distintas piezas, ayuda a reconstruir qué edades aparecen en una acumulación y cuáles están poco representadas. Es una manera de aproximarse a una población antigua sin haber podido contarla en vida.

El estudio de la cantera Ruth Mason publicado por Wosik y Evans en 2022 relacionó esa información con la historia de enterramiento de E. annectens. La composición por edades permitió discutir posibles agrupaciones y separaciones entre individuos jóvenes y mayores. Las conclusiones dependen de comprobar cuánto alteró la conservación la muestra original.

Una concentración no permite afirmar automáticamente que todos los individuos formaban una familia. Tampoco documenta quién dirigía el grupo o cuánto tiempo permanecían juntos. Esas preguntas exigen comportamientos que rara vez dejan una señal inequívoca. La edad de los huesos abre una investigación sobre la organización de las poblaciones, pero no proporciona una biografía social completa.

Una mordedura que no acabó con la presa

En 2013, DePalma y colaboradores describieron un diente de tiranosaurio incrustado entre vértebras caudales de un hadrosaurio atribuido a Edmontosaurus annectens. El hueso había reaccionado y sanado alrededor de la lesión. Esa reparación indica que el herbívoro estaba vivo cuando fue mordido y sobrevivió durante un tiempo después del ataque.

La cicatrización cambia la interpretación. Una marca sin reparar podría haberse producido sobre un cadáver. En este caso existe una señal biológica de supervivencia. No conocemos la duración de la persecución ni qué movimiento permitió escapar. El fósil documenta un episodio de interacción y sus consecuencias físicas, no una escena cinematográfica completa.

Estudiar una lesión así exige comprobar que el diente pertenece realmente al animal propuesto y que la modificación ósea corresponde a reparación en vida. La tomografía permite examinar zonas ocultas sin destruirlas. El hueso que rodea una pieza dental puede aportar una evidencia de comportamiento más precisa que la simple proximidad de dos esqueletos en un mismo yacimiento.

Fuentes y lecturas

Índice general del reportaje Dinosaurios

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