¿Quién ha ganado las elecciones en Rusia?

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Vladimir Putin ha vuelto a ganar y la sorpresa habrá sido considerable para quien también se sorprenda al comprobar que el Kremlin sigue en Moscú. Las elecciones legislativas rusas han proporcionado otra victoria al poder establecido y otra oportunidad para presentar como entusiasmo ciudadano el pucherazo que un sistema autoritario lleva años preparando cuidadosamente.

Conviene precisar que Putin no concurría a estas elecciones para renovar su presidencia sino que eran unas elecciones legislativas en las que el vencedor formal es Rusia Unida, el partido que sostiene su poder. Los resultados oficiales difundidos con más del 95 % del escrutinio le atribuían un 57,83 % de los votos y 355 de los 450 escaños de la Duma, es decir, menos del 58 % de los sufragios en la votación por listas y casi el 79 % de los diputados.

Cómo se convierte un 57 % en casi un 79 %

La diferencia tiene una explicación electoral que conviene conocer antes de atribuir cada escaño a un simple pucherazo. Rusia utiliza un sistema mixto: 225 diputados se eligen mediante listas de partidos y los otros 225 en circunscripciones que escogen un solo representante al estilo inglés.

En la primera mitad se aplica un reparto proporcional entre las candidaturas que superan el umbral del 5 % y los votos de las listas que quedan fuera no obtienen representación en ese reparto. En la segunda mitad gana el candidato más votado de cada circunscripción pero no necesita reunir más de la mitad de los votos: le basta con superar a cada rival. Ambos resultados se suman.

Imagina un distrito donde el candidato oficialista consigue un 40 % y tres adversarios obtienen un 30 %, un 20 % y un 10 %. El oficialista se lleva el escaño entero. Si esa distribución se repite por todo el país, como ha ocurrido, puede conquistar muchísimos distritos sin alcanzar porcentajes equivalentes de apoyo.

La fórmula explica la arrolladora mayoría putiniana. La falta de competencia explica por qué beneficia tan cómodamente al mismo poder. Un sistema mixto podría funcionar en una democracia real donde lo decisivo es si los adversarios pueden organizarse, presentarse, informar y fiscalizar el recuento con libertad y este, evidentemente, no es el caso.

La incertidumbre estaba bastante controlada

En estas elecciones faltó precisamente esa competencia porque los comicios estaban cuidadosamente organizados desde el poder, con la oposición auténtica prácticamente excluida sin disimulo. El único partido que se opone abiertamente a la guerra de Ucrania ha visto cómo sus candidatos eran inhabilitados por «motivos patrióticos» pero también hubiera servido su inhabilitación por abrocharse mal la chaqueta porque lo importante era asegurarse de que no pudiera haber voto disidente. Con estos antecedentes, da casi igual la ausencia de observadores de la OSCE o el abyecto sistema de voto electrónico, por sus posibilidades de manipulación.

No hace falta imaginar que todos los votantes rusos detestan a Putin ni que cada papeleta oficialista es falsa porque el régimen tiene partidarios pero unas elecciones sin garantías impiden medir libremente cuánto apoyo conserva y cuánto rechazo oculta.

Por eso estos resultados no sorprenden a nadie que haya seguido la evolución del país. La sorpresa queda reservada para los ingenuos que todavía confunden la existencia de urnas con la existencia de democracia.

Una democracia permite que el Gobierno pierda y entregue el poder pero si quienes gobiernan deciden qué adversarios son aceptables y convierten la crítica en una actividad peligrosa, la votación pierde su función de control. Puede conservar las papeletas, las cabinas y los presentadores anunciando porcentajes porque la posibilidad de alternancia queda fuera de plano.

Las regiones y el extraordinario entusiasmo por Don Don

Junto a las legislativas se celebraron elecciones regionales y de gobernadores y aquí el panorama volvió a favorecer al aparato oficialista, aunque hubo pequeñas grietas. En Nóvgorod, el partido contrario a la guerra Yábloko consiguió aproximadamente un 6 % según el escrutinio casi completo, suficiente para acceder al parlamento regional.

Es una presencia limitada, pero merece atención. En un entorno político tan cerrado, defender un alto el fuego puede parecer una extravagancia electoral cuando lo verdaderamente exótico debería ser que pedir la paz convierta una candidatura en un enemigo público.

El resultado más llamativo llegó de Chechenia: Ramzán Kadírov obtuvo oficialmente el 99,85 % de los votos. Al parecer, todavía quedaba un pequeño margen para mejorar la unanimidad. Kadírov es el dirigente conocido burlonamente como «Don Don», por su repetición de la muletilla «don» al hablar y aunque el apodo pertenece al terreno de la caricatura, su poder pertenece a un terreno bastante menos divertido y despiadadamente violento con sus rivales locales.

Un 99,85 % no demuestra por sí solo cómo se ha producido cada irregularidad pero presentarlo como expresión de una elección libre exige una credulidad considerable.

Un sistema corrompido desde su función principal

La corrupción política no consiste únicamente en cobrar comisiones o desviar dinero público sino que, como estamos viendo a diario en España, también consiste en apropiarse de las instituciones que deberían limitar al gobernante. Unas elecciones están políticamente corrompidas cuando dejan de servir para exigir responsabilidades y pasan a servir para certificar la sumisión de los votantes.

Esa es la cuestión central del sistema ruso: la ventaja electoral no empieza cuando se abre una urna, empieza mucho antes, cuando se reduce el espacio en el que puede aparecer una alternativa.

Juanjo Prego ya describió Rusia como una dictadura al analizar las presidenciales de 2024 y predijo en su canal de Youtube una victoria de Rusia Unida con un 56% de los votos. Esa predicción tan ajustada, lanzada con cierta sorna, ayuda a entender por qué anticipar otra victoria del Kremlin no requería facultades adivinatorias sino un profundo conocimiento de la realidad política rusa. Acertar un porcentaje concreto hubiera sido una anécdota llamativa pero el diagnóstico relevante es reconocer que el ganador estaba cantado de antemano.

La continuidad beneficia a quienes ya administran el poder, ya que los diputados conservan su sillón y el Kremlin obtiene un resultado que puede exhibir como refrendo popular. La ceremonia electoral cumple así una función muy práctica: dar apariencia de renovación a una estructura que permanece intacta.

Ucrania no puede esperar un cambio de estas elecciones

Para Ucrania, la consecuencia inmediata es la ausencia de motivos para esperar un giro político nacido de estas elecciones. Putin las presentó como una prueba de respaldo a la guerra y el resultado permite al Kremlin insistir en que su rumbo cuenta con apoyo ciudadano, por más que unas votaciones amañadas no permitan medirlo limpiamente.

Eso favorece la prolongación del conflicto y no cambia el hecho de que sólo pueda terminar con la caída de Ucrania o con la muerte de Putin o con el agotamiento militar, una negociación o cambios en el apoyo de China. El reparto de escaños no afecta a ninguno de esos posibles finales porque la política rusa se gesta en el Kremlin y no en la Duma.

Una fractura entre las élites rusas, los famosos oligarcas, es otra posibilidad. Si mantener la guerra amenaza sus intereses más que apartar al presidente, podrían intentar imponer un cambio pero el deterioro económico no produce automáticamente una rebelión palaciega y, por supuesto, los diputados de la Duma seguirían las instrucciones de Putin, no las de los oligarcas. Pero es que, además, los dirigentes que sustituyeran a Putin podrían ser peores y lanzarse con más violencia todavía sobre Ucrania.

Las ventanas, el té con polonio y los aviones destruidos forman parte del imaginario siniestro asociado al poder ruso pero convertir esas imágenes en un pronóstico seguro sería confundir análisis con deseo porque forman parte de la inercia política rusa, hija del KGB soviético y de su deep state y tampoco tienen nada que ver con la Duma o sus diputados recién elegidos.

Es decir, que mientras Putin conserve el control del aparato estatal y sus colaboradores consideren más seguro obedecer que romper con él, estas urnas no ofrecen a Ucrania una salida. El cambio tendría que venir de presiones militares, económicas o políticas que alterasen de verdad los cálculos del Kremlin.

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