Si estás leyendo esto en mauricioluque.com, es casi seguro que hoy te has levantado a trabajar. (¡Qué pena! 😈) Podrías estar ahora mismo abriendo tu segundo coco en una playa privada de Bali mientras un gestor patrimonial te explica por qué tu dinero se multiplica solo, pero no: estás aquí, probablemente tomando un café soluble (¡o de cápsula que es peor!) y preguntándote por qué tu cuenta del banco tiene la fea costumbre de desplomarse a final de mes.
Pero no te preocupes, no estás solo, somos millones.
Como sé que te gusta sufrir, he decidido inaugurar esta serie de artículos para hurgar un poco en la herida. Voy a hablarte de grandes pelotazos económicos de la historia. De esos giros del destino tan descaradamente ridículos que harían dudar de la justicia divina al más creyente.
Hablaremos de tipos como Peter Thiel, que en 2004 metió 500.000 dólares en una red social de universitarios obsesionados con valorar el atractivo de sus compañeras de clase y terminó sacando más de mil millones de dólares cuando Facebook se convirtió en el monstruo que es hoy. O de visionarios (o tarados con flor en el culo, según se mire) que compraron bitcoins a precio de gominola simplemente porque les sobraba suelto y hoy son dueños de media costa ibicenca.
Repasaremos historias de golpes de suerte cósmicos, de decisiones que a cualquier asesor financiero sensato le habrían parecido una demencia absoluta y de inversiones que terminaron convirtiendo a gente ordinaria, con talentos bastante discutibles, en multimillonarios absolutos.
La cruda realidad
Es muy fácil reírse de estas historias. Es facilísimo decir «menuda chiripa» o «vaya suerte que ha tenido el tío». Pero seamos honestos entre nosotros por un segundo: si estas historias nos fascinan tanto no es por justicia poética, ni por devoción financiera, nos fascinan por pura y cochina envidia.
Porque la verdadera tragedia de la vida moderna no es que exista gente mediocre que se haga asquerosamente rica de la noche a la mañana siendo tontos perdíos. La verdadera tragedia es que nosotros, «los listos», nos enteramos del pelotazo cuando ya ha ocurrido; nunca lo vemos venir. Nadie nos mandó un SMS en 2009 diciendo: «Oye, compra esto que se llama Bitcoin». Ningún visionario nos dijo que nos acercáramos al garaje de Zuckerberg para ser accionistas de Facebook desde sus primeros pasos.
Nos damos cuenta del tren cuando ya va a 300 km/h y nosotros seguimos parados en la estación, con el billete en la mano y la sensación amarga de que, en el fondo, a todos nos habría encantado ser ese «gil***llas con suerte».
Acomódate. Vamos a repasar cómo otros consiguieron la vida que tú y yo querríamos, a ver si al menos nos reímos un rato… por no llorar.
Pelotazos (sin orden ni concierto)
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